Trastero Nº1926 es un proyecto que nace de una vivencia forzada: la pérdida del hogar y la fragmentación del espacio vital.
A través de este desalojo repentino y la posterior vida nómada, Alejandra de la Torre (Castellón, 1983) convierte el trastero —ese espacio secundario, residual, supuestamente temporal— en protagonista.
Un archivo comprimido de la existencia, una cápsula donde se conservan no solo la materia de una vida, sino también lo que no puede verse: los vínculos afectivos, la historia personal, la necesidad de raíz.
Ese trastero que ha resguardado sus objetos personales, fotografías, libros y recuerdos, contiene mucho más que simples pertenencias: son extensiones del yo, fragmentos de identidad suspendidos.
El acto de guardar se vuelve resistencia. Y, a la vez, testimonio.
Como comenta la propia Alejandra:
«Lo más duro para mí es el no tener mis cosas, mis libros, mis álbumes de fotos, mis cajas de recuerdos. No están perdidos, pero hace un año que no están conmigo y de alguna manera me afecta. No sabría bien cómo explicarlo, pero creo que en mi caso, el hecho de tener una casa (un centro de operaciones) es necesario para poder tener todas mis cosas en un mismo sitio y a la mano. Es como que me gusta estar rodeada de mi propia historia, porque de alguna manera me enraiza, me recuerda de dónde vengo, mi historia.»
Y es que, en este caso, la idea del trastero no es solo una metáfora: es la escena concreta de un desarraigo que afecta a una generación entera.
A través de la pintura, el dibujo y una narrativa íntima, la artista nos obliga a preguntarnos:
¿Qué ocurre cuando el espacio de vida deja de ser un hogar y se convierte en tránsito permanente?

